Uno de los elementos clave para que una narración (ya sea novela, relato, cuento, etc.) funcione es la necesidad de crecimiento del personaje. ¿Qué quiere decir “crecimiento del personaje? Con esta expresión nos referimos normalmente a que los conflictos, ya sean internos o externos, que sufren los protagonistas de nuestras historias, deben provocar algún tipo de cambio en ellos, de tal modo que al final de la narración dicho personaje sea distinto a cómo se nos mostró al principio.

Este crecimiento del personaje puede mostrarse de muchas formas: a través de cambios físicos, morales, espirituales, etc., pero el principio sigue siendo el mismo: los personajes deben atravesar una serie de circunstancias que no basta con que las superen; además, deben dejar una huella en ellos que les haga cambiar.

En el ejercicio del taller de narrativa avanzada de esta semana proponíamos precisamente mostrar el crecimiento de un personaje. Maribel Monzón nos sorprendió con este relato de ciencia ficción.


Veintinueve de febrero de dos mil sesenta y ocho.

Andresito lleva toda la noche llorando y ya no sé qué hacer para qué se calme. Es la tercera noche que se la pasa berreando, y tengo miedo de que los vecinos me llamen la atención. Le está saliendo su quinto tentáculo: a mí me parecen ya demasiados, pero el pediatra dice que es normal, que con los niveles de radiación que tengo en el cuerpo puedo esperar hasta siete. ¿Pero y si le salen ocho? No me quiero ni imaginar qué voy a hacer con un hijo de ocho tentáculos. O nueve. Seguramente tendría que irme a otro lugar, porque si la policía se enterara de la radiación que emano, me devolverían a Almaraz, ¿y qué pasaría entonces con Andresito? Seguro que se lo llevarían a una de esas purificadoras. Y le cortarían los tentáculos.

Será mejor que cuando salga a la calle lo tape bien con una manta para que no se le vea el nuevo apéndice. La vecina del sexto tiene un hijo con seis tentáculos y no le importa que el niño salga a jugar sin cubrirse ni nada, pero anteayer vi al portero hablar con unos hombres con monos de trabajo gris y señalaban al chaval negando con la cabeza. Y no creo que comentaran el hecho de que no tenga padre, porque aquí ninguna sabe con seguridad quién es el padre de nuestros hijos. Aunque no sé si yo querría saberlo, porque ¿y si era portador de una enfermedad genética? No podría vivir pensando en cuándo se le manifestarían los síntomas. Mi podre Andresito. Qué pulmones tiene, el bendito.

Catorce de marzo de dos mil sesenta y ocho.

Ya se me ha pasado un poco el susto, pero aún sigo nerviosa. O histérica. O las dos cosas. No sé por qué me tienen que pasar estas cosas a mí. Bueno, es la primera vez que me pasa, pero ¿por qué a mí? ¿Y por qué ahora? Tengo treinta años y nunca me había ocurrido algo parecido, y por Dios que no me vuelva a suceder jamás.

Hoy me han intentado atracar.

No puedo seguir escribiendo.

Veintiuno de marzo de dos mil sesenta y ocho.

Ha pasado una semana y ya me veo un poco más tranquila para contar lo que ocurrió, pero no he vuelto a pisar el callejón del mercado, ni siquiera de día. Es cierto que era un poco tarde cuando pasé por ahí, y yo iba cargada con la compra de la semana. Menos mal que había dejado a Andresito en casa bien atado en la lámpara del techo del comedor para que no alcance nada con los tentáculos. Me llega a pasar con él y no sé cómo hubiera terminado la cosa.

Pues iba por el callejón del mercado con la compra cuando una voz muy ronca me gritó algo. Me di la vuelta automáticamente, sin pensar en nada, cuando me encontré con una navaja eléctrica enorme apuntándome a la cara. Creo que me puse bizca y todo, de tan cerca que la tenía. Me quedé congelada en el sitio, los brazos y las piernas agarrotados, sin poder dejar de mirar la hoja de la que salían pequeños rayos que desaparecían rápidamente.

La voz que antes me había gritado ahora me hablaba muy deprisa y yo no le entendía nada. Sólo oía el ruido de la corriente de la navaja, cada vez más cerca de mi cara. Entonces fue cuando el hombre apartó el arma y estiró el otro brazo para quitarme la bolsa con la comida que sujetaba con fuerza por el miedo. Y exploté de puro pánico.

Cuando abrí los ojos y vi lo que había hecho, salí corriendo y no he vuelto allí desde entonces. No podría soportar ver la silueta quemada del atracador en la pared, como una sombra congelada. La radiación de mi cuerpo evaporó al hombre y la compra de la semana, así que llevo desde entonces comiendo congelados.

Nueve de julio de dos mil sesenta y ocho.

Hoy estoy alegre y triste a la vez. Alegre porque Ramón, después de once meses, ha vuelto por la zona, y me ha dicho con esa sonrisa amarilla que me vuelve loca, que yo he sido su primera visita. Pero me siento triste porque también he sido la última.

Cuando he abierto la puerta armada con un cuchillo jamonero, oxidado por la falta de uso, y le he visto, he tirado el cuchillo y me he lanzado a sus brazos, tan musculosos que ha levantado mis ochenta y tres kilos sin apenas ningún esfuerzo.

Sin decir nada por tener la boca ocupada, me ha llevado a la cama y hemos puesto a prueba los muelles, comprobando su funcionamiento desde tantas posturas que algunos se han dado la vuelta. Hasta que he llegado al clímax y mi  radiación ha dejado la silueta de Ramón grabada en la pared. Y en el techo. Y en la cama.

No quiero limpiarlo porque quiero recordarle cada vez que vea las quemaduras en la pintura, pero temo que cuando Andresito tenga edad para preguntar, no sepa qué responderle.

Lo que está claro es que no puedo dejar pasar tanto tiempo sin sexo, o no van a querer venir más hombres a verme, por muchos anuncios que ponga.

¡Maravilloso ejercicio! Me ha encantado y solo he tenido que corregirle un par de comas de nada. ¡Enhorabuena!

El crecimiento del personaje lo estudiamos en el Taller de Iniciación a la Narrativa y, posteriormente, profundizamos en él en el Taller de Narrativa Avanzada.