Cuando dejemos de ser humanos

La ciencia ficción es el género por excelencia que reflexiona sobre el ser humano, que se cuestiona su naturaleza y especula acerca de su futuro, que trata, en definitiva, de averiguar quiénes somos como individuos pero, sobre todo, como especie. Plantea constantemente a través de sus historias el reto de averiguar qué nos hace tan diferentes y únicos como para merecer un lugar privilegiado en el universo mientras que, al mismo tiempo, busca dejar atrás la esencia lo que somos y trascender a nuestra propia historia.
¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Qué nos hace humanos? En una era en la que el transhumanismo abandona el terreno de la especulación para convertirse en una realidad, seguramente sea la última la pregunta que suscite el mayor interés. Sin embargo, no es nueva.
Transhumanismo: movimiento cultural e intelectual que tiene como objetivo el mejoramiento de la especie humana a través de la tecnología.
Y cuando el transhumanismo habla de tecnología, no solo se refiere a tecnología digital, informática y robótica. De hecho, las posibilidades más prometedoras se encuentran probablemente en los campos de la biología, la medicina y la genética.
Es imposible afirmar todavía si la ciencia ficción se ha adelantado a la ciencia en sus prospecciones, eso es algo que solo el tiempo dirá; sin embargo, sí ha tratado de anticiparse a las posibles consecuencias del que supondría uno de los cambios más profundos en nuestra línea evolutiva: que la humanidad tome unas riendas que hasta ahora estaban en manos de la naturaleza.

Un mundo feliz para los humanos

Uno de los grandes clásicos transhumanistas es Un mundo feliz (1932), de Aldoux Huxley. ¿Qué tipo de sociedad hemos construido (o queremos construir) y qué tipos de seres humanos son los que necesitamos para que funcione? Es una pregunta interesante, ya que el transhumanismo, en gran medida, no tendría sentido sin un fin. Huxley crea una utopía que, sobre el papel, funciona y modifica a los seres humanos de forma acorde a lo que necesita para funcionar. Sin embargo, es inevitable que el precio que la humanidad paga por ello en su novela, desde nuestro contexto y época, nos perturbe en cierta medida, ya que implicaría renunciar a algunos de nuestros valores más arraigados. «Mejorar la especie humana» es una expresión que suena muy bien hasta que profundizamos en lo que conlleva, sin necesidad de quitarle la razón a Huxley respecto a que su mundo sea, efectivamente, feliz.
En Un mundo feliz hay varias castas humanas alteradas genéticamente para cumplir con su papel, pero del único de cuya humanidad se duda, si acaso, es de aquel que justamente no ha sufrido modificaciones. Volvemos inevitablemente a la pregunta: ¿Qué nos hace humanos? ¿Dónde se encuentra la línea divisoria entre lo que es humano, lo que no y cómo lo percibimos?
Los slan de A. E. van Vogt, de la novela homónima Slan (1940), seres humanos evolucionados con capacidades superiores, no son muy apreciados por aquellos humanos que no las tienen. En este caso y, contradiciendo a Huxley, parece que se considera “humano verdadero” a aquel que se ha mantenido sin alteraciones artificiales. ¿Cuál es la respuesta correcta entonces? ¿De qué depende?

¿Humanos? bicentenarios

Si el estatus de humano no es algo que se otorgue por nacimiento, ya que podemos modificar nuestra esencia, ¿qué lo es? Isaac Asimov reflexiona sobre ello en El hombre bicentenario (1976), y llega a la conclusión de que si no es el nacimiento lo que nos hace humanos, tal vez lo sea la muerte. Curioso, porque esa es una de las principales barreras que el transhumanismo se propone derribar.
La derribó ya Mary Shelley en Frankestein (1818), ligando precisamente el nacimiento a la muerte y creando un ser cuya sensibilidad e inteligencia no son, por lo visto, suficientes como para no ser considerado un monstruo. ¿Por qué? ¿Tampoco nos convierte en humanos lo que percibimos, sentimos y la manera en la que lo hacemos?
¿Es limitada o extensa la definición de ser humano? ¿Es algo meramente biológico y fisiológico o tiene un componente espiritual? ¿Podrían ser los Oankali de Octavia Butler en su trilogía de la Xenogénesis (1987-1989), o cualquier otra raza extraterrestre, humanos? ¿Y si se mezclan con nosotros para dar lugar a una especie mestiza? ¿En qué lugar quedaría esa especie?
Pocas preguntas se han planteado tantas veces en ciencia ficción como las que nos ocupan sin haber conseguido llegar todavía a una respuesta satisfactoria.

Humanos que quieren ser máquinas, máquinas que quieren ser humanas

Por un lado, humanos que buscan mejorarse hasta alcanzar la perfección de obras de ingeniería. Por otro, androides buscan en las imperfecciones el sentido de la naturaleza humana. Parece contradictorio.
humanosLas posibles consecuencias de la primera idea a nivel económico, social y religioso creo que están expuestas de forma muy interesante en Carbono Modificado (2002) de Richard Morgan y es que el autor no ignora las miserias del presente a la hora de proyectar el futuro, algo de lo que en ocasiones peca la ciencia ficción (hoy en día, tal vez menos).
Pero lo que más me interesa a nivel personal y en pleno auge de la inteligencia artificial es la segunda cuestión: ¿por qué un robot querría ser humano? No puedo imaginar ni un solo motivo por el que una inteligencia artificial avanzada quisiera ser humana (ni se planteara siquiera problemas personales de naturaleza similar a la humana) salvo que hubiera sido programada para ello, pero sí puedo imaginar miles por los que nosotros mismos queremos que lo sea.
Entiendo que en los albores de la ciencia ficción o de la informática, la posibilidad de replicar una vida humana fuera interesante. La forma más fácil de saber qué aspecto tiene uno mismo es mirarse en un espejo, pero tal vez el interés no resida en lo que es igual, sino en la posibilidad de que exista un tipo de conciencia «distinta». El problema para descubrirla es que lo que somos, sea lo que sea, nos define y al mismo tiempo nos limita. Todo lo que creamos para intentar ir más allá, no es más que una proyección de nuestros anhelos. Es el momento de que la ciencia ficción intente ir más allá: trate de imaginar lo no humano. Arriesguémonos a no ser el centro del universo. Sobrevaloramos nuestra propia humanidad, es posible que pequemos de soberbia al imaginar que si todo lo que existe tuviera capacidad de decisión, querría ser como nosotros cuando nosotros mismos estamos tratando de escapar de muchas de las cualidades que nos definen.
Cuando hayamos trascendido a las enfermedades y a la muerte. Cuando la creatividad y la consciencia se extiendan a las máquinas. Cuando nuestro genoma solo coincida en un 99,9 % con el del Homo sapiens. Cuando dejemos de ser humanos. ¿Qué seremos entonces?

Por | 2018-05-25T09:07:54+00:00 25 mayo, 2018|Ciencia y Literatura|Sin comentarios

Acerca del Autor:

Gisela Baños
Gisela Baños (Madrid, 1981) es física teórica por la universidad de Leipzig y está realizando un máster en filosofía de la ciencia por la UNED. Amante de la ciencia ficción, ha quedado finalista en el I Premio Ripley, III Concurso de Relatos de Ciencia Ficción Homocrisis y ha recibido una mención de honor en el XIV Premio Galileo de Relatos de Ciencia y Tecnología de la UPCT. Actualmente trabaja como correctora y lectora editorial.