Nunca pude imaginar que el libro que me convertiría en un lector ávido de fantasía sería una recomendación que me llegaría por parte de mi pareja, lectora empedernida de cualquier buena historia sin preferencia por ningún género.

Recuerdo que tenía dieciséis años y las clases de filosofía del último curso obligatorio antes de llegar a la Universidad eran un «muermo» como quien las impartía. Este supuesto enseñante dictaba los apuntes de la asignatura de la que nos examinaría, lo que me llevó a tomar una de las mejores decisiones de mi vida: leer la obra de Tolkien durante estas horas ya que las fotocopiadoras funcionaban como lo hacen en la actualidad.

Inicié mis lecturas con «El Hobbit» en la edición de Minotauro, que fue la primera que me permitió leer cómo Bilbo Bolsón era un ser de una especie que me resultaba tan desconocida como divertida. Puedo afirmar que me bebí aquellas páginas y que el placer de esta lectura me llevó a los tres volúmenes de «El Señor de los Anillos» y estos al volumen casi infumable de «El Silmarillion». Mi ser y mi cerebro extasiados habían descubierto la obra de fantasía por excelencia. O eso creía yo.

Siempre he sido un lector voraz que pasaba horas y horas con mis ojos sobre una página de papel (todavía no se había desarrollado la imagen como para ser tan atractiva), ya fuese con imágenes como los tebeos (Mortadelo y Filemón y todo lo que se pudiera leer a los finales de los setenta y comienzos de los ochenta) como páginas de clásicos de todos los tiempos.

Pero, tras la lectura de Tolkien, nada de lo que llegaba a mis manos me llegaba a fascinar como los personajes de sus obras. Hasta la recomendación citada.

No sé si ella comenzó en fantasía con «Un mago de Terramar», pero sé que discutíamos por cuál de las dos lecturas era mejor; ella me indicó en aquel entonces que la profundidad y gozo de esta «desconocida» obra superaba todo lo que pudiera plantearle con Tolkien.

Y sucedió lo inesperado: «Un mago de Terramar» redefinió la fantasía, lo que yo quería leer y lo que lograba de las historias.

Desde entonces, hace ya más de treinta años, he descubierto que existen tantas razones como páginas escritas por la grandiosa Ursula para ello, aunque hay dos que destacan por sí solas: el paisaje y el conflicto del personaje.

Crecí en Cádiz. Mi mundo era un pueblo con ínfulas de ciudad en el que lo más cercano a la naturaleza (como yo la entendía) estaba a casi dos horas de coche en la Sierra de Grazalema y, aún así, los bosques del norte de la península eran los que me llamaban como una verdadera naturaleza en la que los árboles son mágicos y viven rodeados de criaturas fantásticas. La playa, cercana a mi casa, tenía pinares pero no consideraba que aquellas dunas y esos árboles tuvieran algo mágico: no eran bosques que pudieran albergar nada mágico. Así, Duny, el aprendiz de herrero cuya historia se inicia en la isla de Gont con una montaña con tormentas (todo lo contrario de lo que yo vivía) que era una mezcla de paisajes con emociones controvertidas para mí. Y, las islas que conformaban el archipiélago llenas de colinas, bosques, cascadas y montañas. Terramar me llevó a un mundo diferente logrando que mi imaginación cambiase de registro: el mal ya no está en los demás y los conflictos los padece Gavilán.

Siempre he sido un lector visual y, ahora, me dicen que escribo igual. Yo veo la historia desarrollándose en mi cabeza. Y tal vez fuese esta obra publicada en el año de mi nacimiento lo que me puso en ese camino de ver imágenes por palabras, o tal vez no fue así pero, de cualquier manera, estoy muy agradecido por ello. Tuve suerte de que este fuera mi punto de entrada; algo cercano podría haber sido un obstáculo para mi cerebro amante de la historia en ese momento. Dune me recordaba los paisajes cercanos a mi casa y esos desiertos no eran lo que yo necesitaba para mi imaginación (alguien que creció en un lugar caluroso y con playas). Todos merecen encontrar el paisaje de su corazón en un libro, y siempre estaré agradecido de que Ursula K. Le Guin haya escrito el mío.

Por otro lado, el héroe de la historia, Ged, huye de la oscuridad, que luego le persigue y que es un problema creado por él. Así, convoca a la Sombra, que luego lo persigue y cuando …

La historia versa sobre estar limitado o no por los errores propios. El mago es poderoso pero el poder no versa en la fuerza ni en la sabiduría. No se puede atajar el camino y presumir no te conduce a ningún sitio: solo hay que trabajar. Y es en estas partes de la historia donde se refleja esta idea, donde el personaje principal está contento, se siente seguro: cuando ayuda a construir los botes, cuando estudia los nombres de todas las cosas, cuando habla sobre las diferentes formas en que se experimenta el mundo.

Por ello, ¿sería Ged un archimago si no se hubiera equivocado en la escuela de magos? ¿Dónde reside la enseñanza? Por tanto, ¿son mis errores los que conforman quien soy?

Ursula K. Le Guin tenía una comprensión asombrosamente clara de la naturaleza humana: podía pintar un retrato de un joven complicado en la mitad de páginas de lo que la mayoría puede hacerlo (yo, por ejemplo, no puedo hacerlo. Aún). La historia de Ged, que tiene mi edad, tiene el peso del mito: es una fábula sobre el fracaso, una historia que necesito volver a leer para recordarme que el fracaso rara vez es permanente: dale la vuelta, enfréntate al error y hazlo tuyo.

Es una historia que busco una y otra vez: aquellas en las que nuestros héroes y nuestras heroínas tienen que solucionar sus propios problemas o aprender sobre quiénes son. Ged es un patito feo literario. Quiero leer historias sobre personas que cometen grandes errores en todos sus extremos agridulces. Combatir un mal inmortal y aleatorio es una cosa, pero pelear contra los asuntos propios de los que a uno le gustaría poder alejarse… Es como el paisaje de Terramar, territorio que reconozco y elijo como uno de los paisajes en los que me gustaría vivir.