El diálogo es un elemento fundamental en toda obra literaria. Nos permite conocer a los personajes, entender el mundo en el que viven, sus opiniones, etc. Muchos autores declaran abiertamente que escribir diálogos es uno de los procesos más complejos a los que se enfrentan. Por ese motivo, en nuestros talleres de escritura le dedicamos una atención especial, incluso en los talleres de iniciación.

Hoy os traemos un ejercicio de Luisa Fernández en el que había que trabajar, precisamente, los diálogos. El marco de la historia se lo entregamos nosotros: Una serie de personas que conversan en un transporte público. Luisa nos trajo este diálogo tan crítico con la sociedad y la hipocresía.

 

Salieron del espectáculo al frío de la noche. Al entrar en el autobús la sensación de irrealidad aún flota en el ambiente. Nadie quiere dar a entender que el tema de la obra no les interesa.

─Encuentro una sutileza que remarca la sensación de abandono de una forma brutal…─comenta alguien que lleva un abrigo de paño caro. Aunque está jubilado, se advierte en su indumentaria que ha ocupado un puesto de dirección, en otra vida…

─El autor es un bipolar, manifiesta una cosa pero piensa otra; lo que conozco de su vida es que al final lo ingresaron en un manicomio.

La pareja intelectual dirige sus pasos al fondo del autobús, enfrascados en dar a conocer los conocimientos que tienen sobre la obra. El resto del grupo entra por el estrecho pasillo que los conduce a sus asientos.

─Mujer, no llores, la historia no refleja tu vida… ─El coro de “mujeres sensibles” ha cercado a la “llorona”, una chica más joven que la media de edad de los ocupantes del autobús; se ha identificado con lo que había visto en escena, pero remarcando que en su caso las cicatrices eran mayores.

─Cuando he visto a esa mujer llena de magulladuras y cardenales se me ha formado un nudo en la garganta: la de veces que me ha pegado mi ex­-marido…

─Mujer, piensa que todo eso ha pasado…

─Tu ya eres otra, has reaccionado, ahora nadie te volverá a pegar…

─Claro, con lo guapa que estás ahora encontrarás a otra persona que te haga feliz, olvida lo que te ocurrió, eso es agua pasada…

El coro de mujeres trata de aplacar a la “llorona”, que ha salido tan trastornada del espectáculo que apenas puede contener las lágrimas. En ese instante, la dinamizadora de la actividad coge el micrófono, ajena a las sensaciones que acucian al grupo y preocupada por recibir una respuesta en concreto.

─Buenas noches, ¿qué tal ha estado la representación?

─¡Biennnnnn! ─responde lo que parece una voz al unísono y es en realidad un coro de voces que trata de ubicarse en sus respectivos asientos mientras se manifiesta como una sola garganta.

─Me alegro de que os haya gustado. El espectáculo ha sido magnífico, la escenografía, alucinante, una reflexión sobre las relaciones personales y las situaciones extremas. Tenéis que reconocer que la representación no deja indiferente a nadie. ¿A qué no?

─Noooooo… ─Otra vez el grupo, todo oídos, respondiendo de forma voluntaria …

─¡Estupendo! Pasado mañana iremos a visitar Estepa, famosa localidad conocida por sus mantecados. Tomaremos un aguardiente en la fábrica y se verá cómo funciona un alambique. Dentro de dos días, a las diez de la mañana, podrán apuntarse a la excursión de Lisboa que se realizará en abril…

─¿Yo puedo ir? A mí me encantaría conocer Portugal, como no he ido a ningún sitio… ─pregunta la llorona. Sus lágrimas han desaparecido misteriosamente, incluso el tono de voz ha cambiado y sus ojos han adquirido un brillo nuevo, que parece reflejar la catedral de Belén.

Cuando la dinamizadora deja de explicar todas las actividades poniendo especial énfasis en que el grupo, concentrado en el autobús, repitiera de forma aplicada los horarios de inscripción, los días, e incluso las actividades, tras deletrear con paciencia quince veces las mismas preguntas, hechas de distintas formas, da por terminada su jornada y cierra el micrófono; hundiéndose en sus propias cavilaciones, que por supuesto, no va a compartir con nadie.

Los pasajeros retoman la conversación:

─A mí me gusta más cuando una se ríe…

─Claro, es que a mí tanta pena me angustia, yo lo que quiero es reírme…

─Oye, ¿y ésta que lloraba?

─Ufff… Esa, que su marido le pegaba, fíjate. Anda que yo iba a aguantar eso…

─Lo último que te pongan una mano encima, la verdad…

─Desde luego… Es que la que aguanta eso… es un poco tonta

─Mujer, eso tampoco; por lo visto el marido era un poco salvaje…

─Pues yo conozco al marido, se ha criado en mi calle y es muy buena persona. A veces algunas mujeres tienen mucho que aguantar.

─Es verdad. Mi vecino se ha separado y la mujer lo ha dejado en la calle. Se ha quedado con la casa y no le deja que vea a las niñas, ha vuelto con su madre y ahora no tiene ni para costearse un alquiler, ni para comer.

─Algunas mujeres desde luego son malignas y ponen a los hombres en unas situaciones que no me extraña que se les vaya la mano… Que yo no digo que esté bien pegar; pero, claro, ¿qué hacen los pobres?

─Encima verte en la calle harto de trabajar y sin dinero. Tampoco hay derecho a eso, que mi hijo, un niño modélico, se ha divorciado y la mujer le está haciendo la vida imposible. Ahora me toca alimentarlo, pero no sólo a él, también a sus niños, los días que el juez le ha estipulado que le corresponden.

─Pues yo no me quedaba con los niños…

─Son mis nietos, ¿cómo no me voy a quedar con ellos?

─Pues yo a mis hijos les tengo dicho que ya he criado a siete y no crío ninguno más…

─En realidad él no puede hacerse cargo de cuidarlos: cuando llega de trabajar se va a tomar un copa, porque está amargado. Ella le hace la vida imposible.

─Los problemas de los padres los sufren los hijos, y las abuelas estamos ahí para ayudar…

─Pues mi vecina se separó y ya se ha echado un novio…

─Pues sí que se ha dado prisa…

─Eso digo yo… y el marido más bueno que el pan, pero ella lo ha dejado por otro…

─Algunas mujeres se merecen lo que les pasa…

─Desde luego… no todas… pero algunas…

Cuando el autobús llega a su destino cesan las conversaciones. Queda en el olvido el espectáculo, aunque todo el mundo repite mecánicamente que ha estado muy bien, sin pensar mucho en el tema. Al bajar del autobús, la “llorona” busca refugio en las mismas mujeres que la habían consolado, pero éstas se dispersan como riachuelos hacia sus casas. A la chica, ajena a las conversaciones que ha discurrido en el trayecto, le queda una sensación amarga y fría que no termina de comprender.

Muy bien el diálogo, Luisa. El modo en el que deriva de una situación a otra. Defines bien a los personajes y, desgraciadamente, a una parte de la sociedad.

Atenta a los puntos. Tienes que vigilar la puntuación, que es tu punto débil.


 Recuerda las comas de los vocativos

 Repasa el uso de los guiones.

 No hay motivo para que la respuesta sea involuntaria. Nadie los presiona para ello. Quizá sería más certero usar otra expresión, como “coral”, o “inequívoca”.

 Recuerda los verbos dicendi

 Fíjate, todo esto es una única frase. Hay tanta explicativa, que el lector termina por perderse. Reestructura el párrafo. Agrega puntos y seguido.

 Recuerda: después de coma, aunque inicies interrogación o exclamación, siempre en minúsculas.