El relato erótico está de moda. Pero el erotismo no es nuevo en la literatura, sino que ha sido una constante a lo largo de la historia. En este tipo de textos, la descripción juega un papel fundamental. Suele decirse que es mejor mostrar en lugar de explicar lo que está ocurriendo. En el relato erótico esto es una realidad; ahora bien, si “muestras” demasiado, si se te va la mano al escribirlo, se pierde la magia y se cae en la pornografía, que puede estar muy bien si es lo que se pretende, pero que no lo está si pretendemos apelar a la sensualidad. Estudiamos la descripción a lo largo del Taller de Iniciación a la Narrativa.

En el ejercicio de hoy, Concha Álvarez nos llevó de la mano al s. XVIII, durante el Terror que prosiguió a la revolución francesa, para jugar con los tabúes y lo prohibido en el relato erótico que os traemos.

 

El mundo secreto de Cosette

Sébastien había aguantado durante toda el día las miradas insinuantes de la señora Leveque. Su marido, un anciano decrépito cuyo cuerpo se resistía a ser enterrado, parecía no darse cuenta. Hacía dos meses que había entablado una profunda amistad con el matrimonio. Al principio, sus intenciones habían sido comerciales, pero tras conocer a su mujer había surgido en él, otra necesidad. Ese día, después de comer, asistirían a una ejecución. Leveque había alquilado una habitación en una de las posadas que daban a la plaza. Contaba con un estrecho balcón, donde se había instalado una silla, con brazos y alto respaldo, para que el hombre aguantara el espectáculo sin cansarse. Así que la señora Leveque se colocó detrás de su esposo.
–Sébastien, seguro que Cosette no desea ver la ejecución, puede ocupar su lugar –dijo y dio a la joven unas palmaditas en la mano.
–Creo que la señora aprendería muchas cosas si la viera.
–¿Usted cree? –preguntó el anciano, y en la voz se le notaba cierta alegría–. He pagado bastante por este sitio y me gustaría que ella disfrutara tanto como yo.
–Seguro que lo hará –respondió Sébastien, y sus ojos se clavaron en los de Cosette con malicia.
–¡Vamos! Querida, ya empiezan –gritó Leveque ante el ruido que hacía el gentío en la plaza.
Sébastien observó las caderas de Cosette:, su esbelto cuerpo se apoyaba en el alto respaldo de la silla para poder ver mejor el cadalso. Ella empezó a balancear las caderas jugando con su deseo. Pero, esta vez, aplacaría el ardor que amenazaba con explotar dentro de sus calzas. Se acercó a ella y, muy despacio, le subió la falda, las enaguas y el resto de prendas hasta dejar su feminidad al descubierto. Cosette no dijo nada y comprendió que ella deseaba lo mismo.
–El cura ha terminado con los rezos –anunció Leveque–. Espero que empiecen pronto.
–Lo harán –respondió Sébastien.
Luego, acarició las nalgas de la joven. Aquellas prietas redondeces escondían un mundo que él quería descubrir. C, con el pie le abrió las piernas, quería verla en todo su esplendor.
–Han sujetado el preso a los maderos, van a azotarle –dijo Leveque entusiasmado–. ¡No sabe el espectáculo que se está perdiendo!
–No lo dudo, pero todos los meses podemos repetirlo. –Las manos de Sébastien ascendieron con lentitud por los tobillos de Cosette hasta llegar al mismo centro de placer.
–¡Querida! –exclamó el anciano–. ¡Tienes frío! He notado cóomo temblabas.
–¡No! –consiguió pronunciar ella apenas en un susurro–. Es sólo la emoción del espectáculo.
–Siento ocupar todo el espacio, pero, ¿ves bien desde atrás?
–Sí –dijo, y a la vez clavó las uñas en la madera del respaldo de la silla.
Sébastien atrapó con osadía el pequeño bulto de carne sonrosado y jugueteó con él, mientras observaba cóomo ella intentaba disimular los estremecimientos que le provocaban sus manos.
–Amigo mío, mi esposa está temblando. Creo que no puede aguantar la tortura –dijo Leveque y acarició la mano de la joven.
–Se acostumbrará, esto ha hecho nada más que empezar. –Sébastien notaba cóomo el ardor de ella le recorría la espina dorsal ante el miedo a ser descubierta y el placer a dejarse amar delante de las narices de su esposo. –Querido amigo, cuente en voz alta los latigazos que sufrirá el reo. Así podré imaginármelo mejor.
–Por supuesto, pero el griterío de esta gente casi no me permite oírle.
Sébastien se bajó las calzas, requería de inmediato una satisfacción como la que reclama un retado a duelo. Así que apretó con fuerza las dos redondeces carnales de Cosette y entró en el interior de su cuerpo con tanta facilidad, que creyó envainar una espada en su vaina. La humedad de ella era tentadora. D, durante un instante, dejó que ambos sintieran al otro, sabía que los dos deseaban cabalgar en el prado de la pasión sin miedo a las consecuencias, pero era tan excitante tenerla así, que notó cóomo llegaba hasta el límite de sus profundidades.
–Amigo, ya empiezan. ¡Un latigazo! –gritó Leveque con ganas.
Sébastien comenzó su embestida con brutalidad, ella gritaba de éxtasis con cada latigazo y sus gritos eran acallados por las voces del gentío.
–¡Dos! –exclamó el anciano.
Sébastien reanudó su segundo ataque sobre Cosette. E, esta vez, las piernas de ella se cerraron de éxtasis, pero él le obligó a abrirlas de nuevo.
–¡Tres latigazos! ¡Lo qué se está perdiendo! Cariño, no escondas tu cara en mi hombro, debes aprender.
–Dame un poco de respiro, estoy aprendiendo mucho –aseguró ella con voz entrecortada.
–¡Cuatro!
Sébastien acometió de nuevo, se sentía como un el semental de una cuadra. No llegaría al quinto latigazo sin antes derramar su esencia en el interior de Cosette, pero ella tampoco aguantaría mucho más. Notó cóomo había vibrado al padecer el máximo placer.
–¡Cinco!
Coómo había pronosticado, Sébastien no pudo contenerse y, al vaciarse, se retorció como una anguila fuera del agua. Pero, aquel bello panorama, aquel mundo prohibido de Cosette, no había terminado de ofrecerle cosas por descubrir.
–Creo que ya han terminado –dijo Leveque con una nota de frustración en la voz.
–No me diga –contestó Sébastien sin dejar de acariciar la entrada húmeda y deseosa de goce de su esposa. – ¿Puede decirme quién sube al estrado?
–Primero ha subido el sacerdote –contestó Leveque con voz emocionada.
Sébastien con el dedo meñique, húmedo por los jugos de Cosette, acarició la cavidad inexpugnable de ella. Aquella pequeña cueva misteriosa lo miraba con descaro, él entraría, descubriría sus secretos y, después, le quedaría la satisfacción de ser el primero en conquistarla. Con tranquilidad, introdujo el pequeño dedo y Cosette palpitó de deleite, pequeños temblores le recorrían el cuerpo.
–Ahora, ha subido el ayudante del verdugo –narró Leveque.
El buen hombre no sospechaba que cuando su esposa se aferraba a su hombro con desesperación no era por miedo a la ejecución. Pero eso enardecía la hombría del pobre anciano y aumentaba la de Sébastien, quién introdujo un segundo dedo y aquella cueva de terciopelo se tensó como si estuviera a punto de derrumbarse;, pero necesitaba más, y aquella ocasión de placer era demasiado tentadora para no aprovecharla.
–Es el turno del verdugo.
Sébastien introdujo un tercer dedo, justo lo necesario para que ella se acostumbrara al viajero que pronto se adueñaría de su nuevo hogar.
–Ya van a cortarle la cabeza.
–Dígamelo en el momento exacto –le pidió Sébastien.
Dejó que ella se acostumbrara al tamaño de los dedos con delicados y a la vez perturbadores movimientos. Aunque él estaba preparado y esperaba el momento, tanto como el verdugo con el hacha.
–Sébastien, ¡ahora! –exclamó Leveque a voz en grito.
Entonces, con una decisión tan mortal como la del ejecutor, penetró a la señora Leveque hasta el fondo del lugar que, durante un par de meses, se convertiría en su hogar . La estrechez de Cosette era un martirio y un deleite, la agarró con fuerza por las caderas y arremetió con ímpetu hasta que el placer los alcanzó a los dos.
–Querida, esto ya se acaba –dijo Leveque con cierta decepción.
–Creo que sí –respondió la mujer trémula de placer y dolor.
Al darse la vuelta, sus faldas se acoplaron como si nada hubiera ocurrido. Sébastien ayudó a Leveque a levantarse de la silla.
–No te preocupes, dentro de un mes ejecutarán a otro reo. ¿Quieres que vengamos de nuevo? ¿Pareces afectada.? ¿Estás bien?
–Me gustaría asistir, si a ti también te complace hacerlo –le dijo con una sonrisa, pero sus ojos miraban a Sébastien.
–Sébastien, ¿nos acompañará? –le preguntó el anciano.
–Por supuesto, cóomo perder un espectáculo tan excitante como éste. Además, deje que le diga que, con seguridad, la próxima vez, su esposa disfrutará mucho más.

Hombre, un poco rápido todo el proceso orgásmico, pero en general, es una historia muy muy erótica; algo perturbadora, pero erótica.