El vínculo entre ciencia y ficción

Ciencia y ciencia ficción han mantenido, a lo largo de la historia, un vínculo casi indisoluble. No fue casualidad que el doctor Frankenstein resucitara a su monstruo a través de la aplicación de corrientes eléctricas. La época de Mary Shelley fue también la de Galvani y Volta; en general, el siglo XIX fue el del electromagnetismo.

En ocasiones, como probablemente sucedió con Frankenstein, es la ciencia la que inspira a la literatura, pero otras veces se da el caso contrario, más emocionante si cabe, de que la imaginación de los escritores inspira a la ciencia o incluso se adelanta a ella. Hablo de aquellos subgéneros de la ciencia ficción relacionados con las ciencias «duras» o «naturales», pero se podría hacer un extenso análisis de la literatura prospectiva en cada contexto histórico y social con resultados, seguramente, igual de interesantes.

El sólido vínculo del pasado

En la antigüedad, ya se encuentran textos en los que traslucen las primeras incursiones de la ciencia en la literatura; sin embargo, resulta más evidente y cercano el caso de Ibn Nafis (1213-1288). Este polímata árabe, médico y descubridor de la circulación pulmonar, habla en su Theologus Autodidactus de temas como la generación espontánea, el fin del mundo, el apocalipsis o la vida después de la muerte desde sus conocimientos científicos en medicina, biología, astronomía, cosmología o geología. No olvidemos que Ibn Nafis vivió durante la Edad de Oro del Islam (siglos VIII al XIII), momento de la historia en el que en el mundo musulmán fue el centro del conocimiento.

Habría que preguntar también a Johannes Kepler (1572-1630), astrónomo y matemático, cómo las discusiones de su época acerca del modelo heliocéntrico influyeron en su Somnium. Una historia fantástica que sirve como pretexto para tratar de responder a una cuestión científica aparentemente trivial: ¿Qué apariencia tendría el cielo para un observador situado en la Luna? Conocer la respuesta sería suficiente para zanjar la cuestión de una Tierra inmóvil en el centro del universo.

En el mismo sentido se vieron influenciados Jules Verne (1828-1915) y H. G. Wells (1866-1946), si bien para el primero el argumento científico constituía el núcleo de sus historias y el segundo  utilizaba la ciencia como excusa para poner de manifiesto cuestiones más sociales. Más desconocido es Edward Page Mitchell (1852-1927), sin embargo, sus relatos se adelantaron a su época. Teletransportación, criónica, transferencia de mentes, cíborgs, cerebros mecánicos… son temas que parecen más de nuestros días. El taquipompo (1874) planteó ya una de las dificultades que solventaría treinta años más tarde Albert Einstein en la teoría de la relatividad especial: el de la posibilidad de alcanzar velocidades infinitas. Cualquier amante de la ciencia disfrutará muchísimo con este autor y sus planteamientos.

Inmersos ya en el siglo XX, tanto la ciencia como la ciencia ficción, eclosionan y es complicado dirimir dónde acaba una y dónde comienza la otra. La retroalimentación fluye, como nunca antes, en ambas direcciones. Isaac Asimov (1920-1992) no inventó el término «positrónico», fue Paul Dirac (1902-1984) en 1928 quien postuló la existencia de la anti partícula del electrón; se detectó años más tarde, en 1932. Recordemos que el modelo estándar de partículas no se empezó a desarrollar hasta los años setenta y que la antimateria en los años cuarenta, cuando Asimov comenzó a escribir sus relatos de robots, guardaba todavía muchos misterios. Al mismo autor debemos la psicohistoria, un modelo predictivo de comportamiento social basado en la mecánica estadística. Influido, probablemente, por los estudios de Ludwig Bolztmann (1844-1906) guarda, a su vez, similitudes con un concepto propio del siglo XXI: el Big Data o manipulación de cantidades masivas de datos para realizar, entre otras funciones, modelos predictivos, muchos de índole social, como en su saga de la Fundación. ¿Y qué decir de la Enciclopedia Galáctica del mismo universo? Parece ser que ahora lo llamamos Wikipedia.

Carl Sagan (1934-1996)  y Arthur C. Clarke (1917-2008) son dos claros ejemplos de los sueños que la carrera espacial despertaba en la época en la que escribieron. La humanidad había pisado la Luna y después llegaron los años del Proyecto SETI, de las sondas Pioneer, Viking, Voyager… queríamos alcanzar las estrellas y sentirnos menos solos en el universo. Ellos lo reflejaron en sus historias.

Siglo XXI: Cuando el vínculo se debilita

La informática y el desarrollo de internet en los años ochenta y noventa fueron el caldo de cultivo perfecto para las historias ciberpunk. Neuromante (1984) de William Gibson (1948) suele ser la novela de referencia de partida de este subgénero pero tampoco es conveniente olvidar a otra de las fundadoras del movimiento: Pat Cadigan (1953) y su novela Synners (1992).

En la actualidad la informática tiene muchos frentes abiertos: prótesis artificiales, inteligencia artificial, teoría de la información… que se utilizan de manera habitual para plantear dilemas, normalmente éticos, en torno a las cuestiones más humanas. En realidad, esos son los derroteros que ha tomado la ciencia ficción en los últimos años. Hace unas décadas la ciencia y la tecnología eran el  fin de la narración en sí mismos, ahora son complementos que giran en torno a una cuestión más existencial: la de nuestra naturaleza. En Carbono Modificado (2002) de Richard Morgan (1965) el desarrollo tecnológico consigue que el ser humano sea inmortal, pero no es la tecnología lo interesante de la novela. ¿Qué dice este cambio de enfoque de nosotros como sociedad?

La posible pérdida de fe en el ser humano y la lucha por las desigualdades sociales que parecen estar cobrando protagonismo en nuestro siglo, se imponen a lo puramente tecnológico, físico o matemático. Un autor que se ha atrevido a incluir en sus novelas conceptos más abstractos ha sido Greg Egan (1961). No le da reparo hablar de física cuántica en Cuarentena (1992) o de la teoría del todo en El Instante Aleph (1995). Chris Moriarty (1968), por su parte, es una innegable hija del siglo XXI: el de la secuenciación del genoma humano y la oveja Dolly, la física de materiales y la teoría cuántica de la información o el nuevo auge de la inteligencia artificial. Todos estos temas aparecen en su Spin Trilogy (2003-2013).

Me permito, para terminar, una pequeña reflexión acerca del presente, de la negatividad y pesadumbre que impregnan nuestro tiempo y la deriva humanista de la literatura de género. ¿No será que ese mismo desarrollo científico que una vez nos dio esperanza nos la está arrebatando? ¿Ha roto la ciencia ficción su antigua promesa de que el mundo sería un lugar mejor gracias a la tecnología? Da la sensación de que el vínculo entre ciencia y ciencia ficción, antaño inseparables, se debilita cada día más en un proceso de madurez necesario para mostrarnos aspectos de nosotros mismos y del universo que, sin una mirada más introspectiva que prospectiva, no seríamos capaces de percibir.

 

Por |2018-03-23T12:06:19+00:0023 marzo, 2018|Disección Literaria|Sin comentarios

Acerca del Autor:

Gisela Baños
Gisela Baños (Madrid, 1981) es física teórica por la universidad de Leipzig y está realizando un máster en filosofía de la ciencia por la UNED. Amante de la ciencia ficción, ha quedado finalista en el I Premio Ripley, III Concurso de Relatos de Ciencia Ficción Homocrisis y ha recibido una mención de honor en el XIV Premio Galileo de Relatos de Ciencia y Tecnología de la UPCT. Actualmente trabaja como correctora y lectora editorial.