En nuestros talleres de narrativa, intentamos hacer que las clases sean lo más prácticas posible. De este modo, procuramos dar herramientas a los que participan para que sus historias sean creíbles, los personajes estén bien trabajados, lo argumentos sean sólidos… Uno de los aspectos que tocamos en este sentido en el taller básico de narrativa es que los personajes no pueden tener malas opiniones del resto de personajes porque sí. Tiene que haber motivos que los fundamentes. Para eso es importante saber vituperar, todo un arte que estudiaban ya los griegos clásicos.

Hace unos días, proponíamos precisamente a los alumnos de ese taller que escribieran un vituperio. Estela García de la Obra nos trajo este excelente relato:

Son muchos los personajes, que mostrando tener una vida y personalidad fascinantes, son también capaces de inspirar un profundo odio. No hablamos de héroes ni de personas corrientes, sino de villanos. Aunque interesantes y con una profundidad digna de análisis, son villanos al fin y al cabo, y para cualquier testigo esta personalidad resultaría inexcusable y por completo censurable.

Éste es el caso de Jean-Baptiste Grenouille, de la novela El perfume. Nace, como así está escrito, en 1738 en un puesto de la Rue aux Fers. Y también se expresa que lo hizo en la más absoluta repugnancia, la misma de la que ha estado compuesta su alma a lo largo de su existencia. Y fue esta repulsión que transmitía la causa de una infancia basada en el rechazo (como ejemplo, la reacción de la nodriza Jeanne Bussie), la indiferencia (madame Gaillard) e incluso el miedo (el padre Terrier) de hombres y mujeres. ¿Y eso llegó a preocuparle? ¿Dejó en algún momento de sentir odio por la raza humana para sustituirlo por dolor? Lo único que siempre le ha importado es la propia supervivencia y alcanzar, sin impedimentos morales, un objetivo: tener a la humanidad a su merced. Y para conseguirlo, asesina a veinticinco jóvenes desprovisto de remordimientos, tan solo con la satisfacción de haber cumplido su trabajo como genio perfumista.

            Volviendo al tema de su pasado, habría que comentar el mínimo de estudios que alcanzó cuando tuvo ocasión de ir a la escuela. Aprendiendo solo a deletrear y a escribir su nombre dio muestras de ser tonto.  Esto se debe a que la única rama de conocimiento de su interés han sido las distintas técnicas para la elaboración de perfumes y no precisamente para labrarse un futuro. Aquí llegaría el punto de explicar la particularidad de semejante individuo, y no hablo simplemente de su mentalidad retorcida de asesino en serie. Un joven, en la flor de la vida, cuya ambición le hubiera llevado hacia la fama y la fortuna, sufre a través de sus cualidades olfativas tal grado de introversión y misantropía que decide encontrar la paz viviendo como un hombre de las cavernas. Estuvo durante siete años en una estrecha galería, de una montaña donde ni los más aventurados ni el criminal más buscado se atreverían a vagar por evitar la soledad. Prefería la oscuridad al sol, encontraba el placer en los sueños de una vida de riqueza a pesar de la realidad de su incómodo hogar y solo salía de aquel agujero por necesidad de abastecerse a base de reptiles crudos y agua lamida de una roca. Y todo para no sufrir el hedor de los seres humanos. Y yo me pregunto, si para él mismo su sensibilidad olfativa es un don y una maldición, ¿no hubiera sido más fácil y práctico ponerse una pinza en la nariz? Podría haber intentado vivir en sociedad utilizando sus otros sentidos y usando el del olfato cuando esté solo.  Y si su odio es algo más profundo, estaríamos ante un ser antisocial cualquiera que con algo de esfuerzo podría haberse alejado del mundo de un modo menos radical. Aunque pensándolo bien, si esa existencia animal hubiera continuado, quizás habría encontrado esa paz de muerto en vida y las jóvenes asesinadas hubieran continuado vivitas y coleando. Porque al final, justo cuando ya tenía en su poder el elemento para que toda la humanidad le amara, tomó la decisión de usarlo para su propia muerte. Alguien tan consciente de su propia maldad tendría que haber vaticinado que el amor de otros no le hubiera traído la felicidad.