La No-Narración o el arte de lo que no se cuenta

No todo lo que un autor prepara, piensa o incluso escribe durante la planificación de su obra llega a aparecer entre las páginas de la novela terminada. Es algo natural; escenas en las que no se desarrollan la trama o los personajes, diálogos vacíos o detalles que no aportan nada a la historia son elementos que pueden afectar al ritmo de la novela y, por lo tanto, a veces es necesario prescindir de ellos.

Aún así, la No-narración, lo que no se cuenta de forma explícita, forma todavía parte de la historia, es una pieza más de la gran maquinaria que, entre bambalinas, da coherencia al mundo construido por el autor. La mayor parte del tiempo el lector no se dará cuenta de que “falta” una parte porque, precisamente, por eso se ha podido eliminar.

Pero en ocasiones la ausencia no es debida a esa “economía” para mantener el ritmo de la novela. A veces el autor puede decidir, de manera premeditada, usar la No-narración para no contar todo lo que sabe del mundo o de los personajes. Elegir esos misterios, los pequeños cabos sueltos que le dan más realismo a la historia porque, en la vida real, siempre quedan interrogantes sin resolver, es un arte propio dentro de la narrativa; el arte de lo que no se cuenta.

Misterios y revelaciones

Frankestein, un ejemplo de No-narraciónEl primer ejemplo con el que me gustaría ilustrar la No-narración es con Frankenstein, de Mary Shelley. Si no habéis leído el libro (ya estáis tardando), os pongo en situación: El doctor Frankenstein (en la novela original el monstruo nunca llega a tener nombre) es rescatado por una expedición que intenta llegar al polo norte. Durante su recuperación, entabla una relación de amistad con su líder y le cuenta su historia y cómo ha llegado allí.

Durante la escena en la que está explicando la creación del monstruo, Shelley hace referencia al “misterio de la vida” que Frankenstein descubre y que le permite dar vida a materia muerta. Cuando su interlocutor va a preguntarle cuál es ese secreto, Frankenstein responde que no puede revelarlo, pues conocerlo llevaría al capitán a un destino tan trágico como el suyo propio. Shelley es muy inteligente haciendo esto porque, de esta manera, evita revelar cual es ese “misterio de la vida”, lo deja a la imaginación del lector. Creo que sabía que cualquier cosa que pudiera inventar habría resultado mucho menos interesante y evocadora que dejar al lector con la duda.

En el extremo opuesto a Frankenstein podemos encontrar Star Wars y la Fuerza. Durante la primera trilogía, Obi Wan explica al joven Luke qué es la Fuerza:

“La Fuerza es lo que le da al Jedi su poder. Es un campo de energía creado por todas las cosas vivientes. Nos rodea, nos penetra, y mantiene unida la Galaxia.”

Frankestein como ejemplo de No-narraciónNo es una explicación científica o completa, pero fue suficiente para que varias generaciones comprendieran qué era la Fuerza y soñaran con aprender a utilizarla. Entonces llegó la segunda trilogía, donde Qui Gon Jin introduce los midiclorianos. Y para la mayoría, aquella explicación hizo que la Fuerza perdiera parte de su magia.

A veces, simplemente, ninguna revelación puede estar a la altura de la expectación creada; si no que se lo digan a los guionistas de “Perdidos”.

La importancia de los detalles

Pero este ejemplo sólo nos habla de usar la No-narración para dejar sin resolver un punto concreto, algo que probablemente sea más engorroso explicar que plantear como una cuestión espiritual o mágica. En ocasiones se puede crear una historia a través de lo que elegimos no contar. Hay, para eso, un ejemplo perfecto; la niña del abrigo rojo de “La Lista de Schindler”.

Sólo vemos a la niña del abrigo rojo en estas dos escenas y es la única nota de color en toda la cinta. La primera vez es en el desalojo del gueto y la segunda en una de las pilas de cadáveres que los nazis están quemando un tiempo después, hacia el final de la guerra. Spielberg no nos cuenta la historia de la niña del abrigo rojo; no le hace falta.

La manera en la que Spielberg usa la No-narración en la película nos lleva primero a la conclusión fácil; es la misma niña. Pero luego entran en juego las emociones de cada uno, lo que queramos creer. Eso, unido al énfasis del color, hacen que sea una de las escenas más demoledoras de la cinta sin, realmente, contarnos nunca nada sobre la niña. Porque, y eso es lo que creo que llevó Spielberg a contarlo así, es como lo vivió el Schindler de carne y hueso.

La niña del abrigo rojo, sin embargo, es sólo un detalle de la película y del libro. Lo que me ha llevado realmente a escribir este artículo es otra película que he visto recientemente: “Mad Max”.

El arte de lo que no se cuentaFuriosa Imperator es un ejemplo perfecto de No-narración

Partamos de que es una película de acción, con escaso diálogo y una trama muy simple. Pero no os voy a hablar de eso, sino de la construcción del mundo y de los personajes que lo pueblan, porque en ningún momento hay una verdadera exposición “clásica” de la historia del mundo, de las motivaciones de los personajes o de su pasado. Y, aún sin explicar nada, cuenta una buena historia.

¿Qué cuenta “Mad Max” sobre el mundo? Lo imprescindible; que la escasez de petróleo llevó a una crisis energética y ésta a un conflicto nuclear. Nada más. No nos cuentan nada de cómo sobrevivió la gente, de cómo se formaron sus culturas, sus tribus o incluso su nueva identidad. Vemos únicamente detalles; el culto a los coches, la importancia del agua, la búsqueda de personas sin defectos físicos, pero nada de eso es explícito. Son sólo detalles, pinceladas sueltas que, aún así, nos permiten comprender el lugar en el que Max se encuentra.

furiosa-1Pero los personajes aún son mejores en ese sentido. Max huye de unos fantasmas que nunca se explican realmente. No conocemos su pasado (puedes recrearlo si has visto las películas antiguas) ni qué hace además de viajar. Furiosa es todavía más fascinante al ser “original” de la nueva película. Escena tras escena, nos desgranan detalles sobre ella: que la secuestraron de su hogar cuando era pequeña, que empieza ese viaje para expiar un pecado que nunca nos revela, que no tiene un brazo aunque ni siquiera lo mencionen ni lo enfoquen directamente, etc. ¿Y sería importante que lo hicieran? No, rotundamente no. Furiosa vive en un mundo jodido y conduce un camión de guerra, es evidente que habrá cometido actos terribles y puede haber perdido el brazo en batalla o haber nacido así; el hecho es que vemos que en ningún momento eso la condiciona. Para ella es normal. No importa la historia, no necesitamos la exposición o el flashback porque la motivación y la personalidad de Furiosa ya nos ha quedado clara.

Con detalles, simples detalles, (“Sed testigos”) se crea un trasfondo muy rico para lo que no deja de ser una película de acción. Un uso impecable de la No-narración.

¿Podemos adaptar eso a la narración literaria? Por supuesto. A veces, como escritores, nos dejamos llevar, deseamos poner todos los detalles que hemos desarrollado del mundo o los personajes porque “tenemos todo el espacio que queramos”. La pregunta que nos deberíamos hacer es; “¿necesitamos explicar tanto?”.

En narrativa hay una norma: “Si una escena no aporta nada, quítala”. Yo trabajo con un corolario a esa norma: “No expliques algo si puedes mostrarlo”.

Es complicado; la tentación de escribir un párrafo nuevo para explicar el por qué de una palabra, de una acción o un lugar está siempre ahí. No siempre es malo, porque es evidente que, sin contexto, hay cosas que no se pueden entender. Pero podemos intentar buscar el equilibrio, optar por no enfatizar esas explicaciones, por ser más sutiles y dejar que sean los personajes y sus acciones las que hablen al lector y no directamente el narrador con sus exposiciones.

Si quieres hablar de un personaje atormentado, lo importante no es el origen de su sufrimiento, sino cómo se muestra en la novela. Si quieres hablar un mundo destruido, lo importante es verlo en funcionamiento, no una disertación acerca de su ecología o sus costumbres.

No expliques las cosas; intenta mostrarlas a través de los detalles.

Es un arte; el arte de lo que no se cuenta.