Le comenté al editor de cultura del periódico en el que trabajo que me habían seleccionado para cursar un taller de novela. Pensé que me felicitaría, que celebraría mi emoción, que me desearía mucha suerte y que me recomendaría escribir una columna sobre mi experiencia. “Terrible” fue lo que me respondió. La boca se me secó, las pupilas se me dilataron, mi mente pasó de la negación a la sorpresa y, finalmente, mis dedos lograron, con mucho esfuerzo, teclear “¿por qué?”.

“Te van a convertir en un robot”, “te van a homogeneizar”. “Dime, ¿qué novelas te van a poner a leer? ¿Sus propias novelas? ¿Las mismas tres o cuatro novelas que ponen a leer en los mismos cursos de narrativa? En periodismo no salen de Salcedo Ramos, Martín Caparrós y Castro Caycedo. Y últimamente he leído el mismo tono en todas las novelas de autores hispanohablantes, el mismo punto de vista, los mismos adjetivos. Se perdió la voz en nuestra literatura”.

“Se perdió la voz” …”se perdió la voz»…me supo a apocalipsis.

De la literatura como la vida misma

Estaba tan indignado que me invitó a almorzar para poder decirme todo lo que tenía atragantado. Fui al periódico con el corazón en la mano y repasando todos los contraargumentos que podría esgrimir. Que se tuviera de la silla, que esperara a escuchar todo lo que yo tenía que decir. No me iba bajar de la nube. No me quitaría la ilusión. No me iba a imponer su visión pesimista de nuestra literatura, de mi futura literatura.

…No tuve mucha suerte. El almuerzo de mi editor se enfrió mientras él hablaba y hablaba, y yo escuchaba y escuchaba. “Como dijo Dostoievski. Uno debe leer 80 libros en la vida, pero dime qué libros lees y cómo los has leído”. “Hoy en día la literatura se ha convertido en un negocio. Escribo porque me haré millonario. Claro, cómo no. Las novelas de hoy en día funcionan, pero no te sacuden”. “¿Viste a Dostoievski millonario? ¿A Kafka? ¿A Tolstoi? Ellos escribían porque lo necesitaban. Porque, de lo contrario, no podían respirar. Antes de que Dostoievski fuera enviado al cadalso (y posteriormente a Siberia) le comentó a uno de los presentes: oiga, tengo una idea muy buena para un cuento ¡A eso me refiero! A hacer de la literatura la vida misma, no un programa esquemático para un taller”. “Tolstoi tenía voz, García Márquez tenía voz, Woolf tenía voz. Hoy en día tenemos robots siguiendo las instrucciones de un maestro”.

La voz del escritor

voz del escritorVolví a casa cabizbaja y con la voz del editor resonando en mi cabeza como disco rayado. Al fin y al cabo, sí es cierto que ya existen ciertos referentes y generalmente hablamos de ellos como modelos a seguir. Queremos escribir como García Márquez, como Neil Gaiman, como Margaret Atwood, como J.D Salinger, como Julio Cortázar. Queremos hacernos un espacio dentro de ese Olimpo literario persiguiendo la magia de aquellos escritores que vinieron antes que nosotros ¿Será recordado el siglo XXI como aquel en el que nos quedamos mudos?

Pero entonces recordé a una persona en especial. Bueno, tal vez debería decir que recordé la imagen de aquella persona. Está bien, recordé fue a una diosa, específicamente, a Atenea. Recordé que en algún artículo sobre propiedad intelectual leí que Atenea no baja de los cielos. Atenea no se mete en nuestra cabeza y nos hace genios creadores de la nada. La historia de la propiedad intelectual, y por ende de la creatividad, se ha basado en nuestra capacidad para subirnos a los hombros de un gigante. Scott Fitzgerald no habría existido sin Sherwood Anderson, Lovecraft sin Edgar Allan Poe, Jane Austen sin Lord Byron y George RR Martin sin JRR Tolkien, y ay de quien me diga que Fitzgerald, Lovecraft, Austen y Martin no tienen voz.

Se puede decir que llegué a encontrar la paz rezándole a una diosa sobre quien bastantes páginas se han escrito en la literatura. Los talleres literarios pueden llegar a ser útiles siempre y cuando uno sepa cómo utilizarlos. No nos convertiremos en buenos escritores apuntándonos en mil talleres, nos convertiremos en buenos escritores cuando los usamos para escudriñar qué es aquello que mueve nuestra alma. No soy Juliana Vargas, soy cada una de las páginas que he leído. Soy Homero y N.K Jemisin, soy Dante y Brandon Sanderson, soy Miguel de Cervantes y Juan Rulfo. Soy una amalgama de experiencias que se han registrado durante siglos en nuestra literaria. No escribo como este escritor o el otro, escribo como todos ellos y ninguno, mientras en un taller de novela encuentro mi propia voz entre los recovecos de todas estas voces unidas.