Literatura de vampiras y la femme fatale

En la película Carmen (2003), Prosper Mérimée recuerda el paseo que da junto a la cigarrera y describe a la andaluza –y por extensión a la femme fatale– de la siguiente forma: «… debe tener tres cosas negras: las pestañas, las cejas y el cabello. Tres cosas blancas: el cutis, los dientes y las manos. Y tres cosas sonrosadas: los pezones, los labios y las uñas. Mi seductora no podía aspirar a tanta perfección física, pero tenía, para un escritor como yo, el atractivo adicional de haberse declarado sierva de satanás».

En esas palabras encontramos una reformulación de uno de los pasajes de la obra literaria homónima,publicada en 1847 por el propio Prosper Mérimée: «Para que una mujer sea bella, dicen los españoles que es necesario que reúna treinta síes, o, si se prefiere, que se pueda definir por medio de diez adjetivos, cada uno aplicable a tres partes de su persona. Por ejemplo, debe tener tres cosas negras: los ojos, los párpados y las cejas; tres finas: los dedos, los labios y los cabellos, etc». Y añade: «Era una belleza extraña y salvaje, un rostro que al principio extrañaba, pero que no se podía olvidar. Sus ojos, sobre todo, tenían una expresión voluptuosa y feroz a la vez que no he encontrado después en ninguna mirada humana».

En ambas descripciones parece establecerse algunos rasgos del arquetipo de la femme fatale.Este es uno de los tópicos que más ha explotado la literatura en sus cuentos de vampiros: la mujer vampiro o vampiresa.

La mujer vampiro y la mitología

Las vampiresas son un personaje literario recurrente que hunde sus raíces en lo más remoto de los tiempos. Existen vasijas prehistóricas sumerias en la que un hombre copula con un vampiro o un demonio femenino decapitado. Montague Summers ha sugerido de estos grabados que la cabeza cortada supone una intención mágica de ahuyentar su presencia.Los demonios femeninos tienen relevancia desde las primeras culturas y civilizaciones, y en ellos se personificarán ya los motivos de la primera literatura de vampiras del siglo XVIII y XIX: la sangre, el erotismo y la muerte.

Literatura de vampirasEn la cultura hebrea, por ejemplo, encontramos a Lilith. Su nombre en hebreo procede de la palabra babilónica Lilîtu, cuyo origen se ubica en el mundo sumerio (lalu, «lujuria»; lulû, «desenfreno»). Este poderoso demonio alado de cabellos largos y serpentinos posee un cuerpo desnudo y sensual que acaba en forma de serpiente, a la forma de la Melusina medieval. Lilith es el nexo entre la demonología babilónica y hebrea. Y más tarde, también ejercerá como enlace entre la judía y la cristiana. Lilith, siempre peligrosa y despiadada, robará recién nacidos para alimentarse de sangre y chupar su jugo vital.

Otro ser que se manifiesta en esta misma línea es la empusa, un demonio femenino capaz de metamorfosearse en un animal o en una hermosa doncella. Su presencia se hace patente ya en la antigua Grecia y suele visitar a hombres dormidos y succionar su sangre, al modo de la lamia de la cultura latina. Sin embargo, debemos ubicar génesis de la literatura de vampiras moderna en una obra de J.W. Goethe: La novia de Corinto(1797).

Literatura de vampiras: primeros esbozos

En la balada de Goethe aparece una vampiresa que enuncia los temas que obsesionarán a muchos escritores del siglo posterior: el erotismo vinculado al mal y a la muerte. En su poema, Goethe, inspirado por De Rebus Mirabilisde Flegón de Trales, pone en boca de Filinion el motivo que hará que las primeras vampiresas vuelvan desde el umbral de la muerte: «de la tumba me he levantado, es para buscar a mi prometido, para hallar al hombre que amo y beber la sangre de su sien».

Literatura de vampirasSi miramos hacia la primera etapa del romanticismo encontramos que ya existían prototipos de mujeres fatales –Matilde, Salambó, Carmen…– pero aún no se ha formado del todo la figura de la femme fatale. Poco a poco, surgen figuras que acompañan a la polémica vampira de Goethe que se lamenta por “un Dios que prefiere sacrificar hombres antes que ofrendas”: la Lamia(1819) de Keats, las vampiresas de Raupach (Deja a los muertos en paz, 1823), E.T.A. Hoffmann (Vampirismo, 1821)… Estas obras siempre utilizan el tema de la amante macabra que regresa del sepulcro para atormentar a su amado. Sin embargo, a pesar del éxito del que disfrutaron, no serían estos personajes los que asentarían este mito tan negativo que persigue a las mujeres hasta nuestros días.

Lafemme fatalefermentará cuando se produzca un extraño frenesí relacionado con la atracción por la bella difunta. Orbitando sobre este tópico tenemos a Edgar Allan Poe, con Ligeia y Berenice. También encontramos a la obscena y deliciosa cortesana Clarimonda de Théophile Gautier, los sombríos y melancólicos poemas de Baudelaire…

Pero sobre todo debemos destacar, en la literatura de vampiras, la congoja que despertaron las lésbicas pasiones de Carmilla, la revolucionaria vampira de Joseph Sheridan Le Fanu, que hace de lo cruel una forma de amor: «vivo en tu cálida vida y tú morirás… morirás, dulcemente morirás… en la mía. No puedo evitarlo. Así como yo me acerco a ti, a su vez tú te acercarás a otros, y conocerás el éxtasis de esa crueldad, que, sin embargo, es una forma de amor».

El mito de la femme fatale: entre la misoginia y la pulsión sexual

Todas ellas ayudaron a crear el caldo de cultivo necesario para que florezcan las características definitivas de la belle dame sans merci. Esteparadigma donde se encuentran lo turbio con lo tenebroso, y que reúne seducción, vicio y voluptuosidad, es producto de las misóginas ideas que la fantasía masculina arroja sobre la mujer de la época. Todos los aspectos negativos de la experiencia amorosa (celos, odio, pasión devoradora…) se escenifican en estas tragedias ardientes. Y, por supuesto, plantean a la mujer en el centro del círculo de amor maldito que juega con las ambigüedades entre placer-dolor, amor-crueldad.

Literatura de vampirasMuchos pueden pensar que esto no es algo novedoso. El Marqués de Sade ya nos enseñó en sus novelas cómo la pasión se vuelve asesina elaborando un sistema filosófico contrario a la religión. En su obra se hace una afrenta al orden natural convirtiendo la sexualidad en una atracción por la muerte. Una muerte que tendrá al dolor por aliado. Sade recrea como nadie la forma en que el dolor de la víctima crece en igual proporción al placer de su verdugo, eliminando todo tipo de freno moral. Es en este punto donde Sade se conecta con el vampirismo. Sin embargo, la intensidad del oscuro erotismo de la vampiresa no se apoya en el dolor físico. Su mordisco anestesia y provoca el delirio erótico de lo prohibido y la atracción que ejerce el mal sobre todos nosotros. Baudelaire ya explicitó que «la voluptuosidad única y suprema del amor reside en la certeza de haber cometido el mal» y este mal, de acuerdo con las ideas que hemos heredado, se iba a proyectar sobre la mujer. Una mujer que ya no solo es una mera concubina de satanás, sino también un tarro de esencias de lo execrable y lo maldito.

El vampiro (y sobre todo la vampiresa) se convierte rápidamente para la sociedad anglosajona en el catalizador perfecto de todas las represiones de la sociedad burguesa. La literatura de vampiras es el artificio de las costumbres que oculta el miedo latente que sentía el mundo occidental hacia la libertad de la mujer. Y es el íntimo terror que les producía la perversa unión simbólica entre el ardor del deseo y el frío temblor de la muerte. Entre ambas concepciones se dibuja una línea que sirve de horizonte hacia el cual La Lobade Giovanni Verga, al igual que Carmen, camina decidida y valiente. Con flores rojas –su pasión– en las manos y cerca del pecho.  Sabiendo que esa utópica expectativa de libertad solo es realizable a través de la muerte. Muerte que siempre llega a través de incautos y frágiles hombres que solo muestran fortaleza para matar violentamente a la mujer con la que se obsesionan.

Por |2018-10-31T09:22:39+00:0030 octubre, 2018|Disección Literaria|Sin comentarios

Acerca del Autor:

Antonio Vileya
Antonio M. Vileya Pérez (Sevilla, 1992) es filólogo hispánico y presta servicios editoriales a entidades de diversa naturaleza. Su vocación divulgadora lo ha llevado a formar parte del comité organizador del Encuentro de Literatura Fantástica de Dos Hermanas y ser miembro activo de la asociación cultural Bibliofórum. Ha impartido cursos monográficos sobre fantasía, ciencia ficción, terror y novela negra en la Universidad de Sevilla.