Cuando hace casi dos meses se celebró la exitosa inauguración de la nueva tienda Gigamesh, Alejo Cuervo, editor, librero y feroz defensor del género fantástico, hizo un brindis muy significativo: “El futuro es nuestro”.

En estos momentos hay una cierta euforia alrededor de la literatura fantástica. En contra de lo que muchos piensan en nuestro país, no es algo que haya ocurrido de forma repentina, ni los implicados son autores que han aparecido de la nada. Escritores como Juan Miguel Aguilera, Rafael Marín o Elia Barceló llevan años trabajando y sus obras son de sobra conocidas por los aficionados. Y estamos hablando sólo de autores en castellano; si entrásemos a hablar de autores en lengua inglesa esto dejaría de ser un artículo y se convertiría en un ensayo.

Como ya hemos dicho, nada es tan repentino como parece. Y, sin embargo, ahora mismo el número de editoriales, grandes y pequeñas, que han decidido subirse al carro de “el fantástico español” es impresionante, algo que esta generación no había visto nunca. A las históricas Gigamesh y Minotauro (ahora reconvertida por Planeta en el sello M) se ha unido con mucha fuerza Fantascy (Grupo Penguin Random), que ha publicado a autores como Jesús Cañadas o Concha Perea, ambos aclamados por público y crítica. Dolmen, que había subido escalones gracias al fenómeno zombie capitaneado con extraordinario éxito por Manel Loureiro y Carlos Sisi, ha creado su sello Stoker, que promete apostar por  el terror patrio y trae bajo el brazo obras tan curiosas como “Cabeza de ciervo”, de Francisco Miguel Espinosa y “Chelton House”, de Laura Falcó. De las filas de Dolmen sale Juan de Dios Garduño, que ha creado la editorial Palabras de Agua precisamente para apostar por autores españoles y que ha dado voz a “Calles de Chatarra”, de Alex Guardiola. Y no hay que olvidar a la heroica Kelonia, editorial pequeña pero que está sabiendo darse a conocer y en la que hay que destacar a Alberto Moran Roa. Por su parte, Antonio Martín Morales lleva varios años cosechando éxitos con su Horda del Diablo, de la que acaba de publicar la quinta y última entrega. No estamos nombrando todas las editoriales ni todos los autores, pero valen como botón de muestra. Unamos a este tirón editorial el exitoso nacimiento del festival Celsius de Avilés, ya completamente afianzado y convertido en una cita imprescindible para los amantes del género, las ya históricas HispaCon, y la Mircon, que se estrenará este mes de Diciembre y sobre la que hay puestos muchos ojos y muchas esperanzas. Y el sur hace lo que puede con el Encuentro de Literatura Fantástica de Dos Hermanas que va ya por su novena edición y lucha por mantenerse.

En principio, el panorama no podría parecer más prometedor, pero esto nos lleva a la pregunta que surgió la semana pasada en la mesa de género fantástico de la Feria del Libro de Sevilla, la misma que aparece en casi todos los debates: ¿El género fantástico patrio es una moda editorial pasajera o ha venido para quedarse? No hay respuesta sencilla, algunos de los asistentes a la charla hablaron de “la burbuja del fantástico” y aseguraron que los autores anglosajones volverían a tomar el timón si las ventas no acompañaban. Pero esa es una visión sesgada porque, para empezar, los españoles no han desbancado a los autores extranjeros y será difícil que lo hagan, al menos de momento. Es demasiado pronto para saber si las grandes editoriales seguirán apostando por nuestros autores o si estamos ante una situación pasajera, aunque no tardaremos en averiguarlo. Lo que sabemos es que vivimos un momento decisivo y que de lo que pase en los próximos dos o tres años depende una generación entera de autores. “El futuro es nuestro”, decía Alejo Cuervo, ojalá sea verdad.