Mariana Enríquez: Entre obsesiones, miedo y memoria

Tan solo hemos atravesado dos décadas escasas de siglo XXI y los escritores y las escritoras hispanoamericanas ya han tenido tiempo para demostrar algo: cómo han recibido esa valiosa herencia que es el canon de cuentos escritos en el continente desde principios del siglo XX. Pero de quien vamos a hablar hoy es de Mariana Enríquez.

Podríamos mencionar a Jorge Luis Borges y Julio Cortázar como los pioneros en la renovación estilística, estructural y temática que otorgó prestigio y dio madurez a este género narrativo. Sin embargo, la lista de nombres que han colaborado para crear este imaginario literario que tienen en común América y España es extensísima: Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti, Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares, Luisa Valenzuela, Elena Garro, Juan José Arreola, Julio Ramón Ribeyro, Augusto Monterroso, Mario Benedetti…

Fue la obra de estos autores y autoras la que trazó el camino y ha convertido en patrimonio innegable de la cultura latinoamericana el cuento.

El cuento hispanoamericano o el género que tiende al infinito

El cuento es un género cuyo corpus no deja ampliarse gracias a nuevas voces femeninas –tradicionalmente desatendidas por la crítica exceptuando excepciones como las ya mencionadas Ocampo, Valenzuela, Garro o Margo Glantz– que han hecho de su vocación por el relato breve una seña de identidad.

Desde Chile escriben Alejandra Costamagna y Andrea Jeftanovic, en cuya obra encontramos viajes geográficos y personales salpicados de salvajismo. En Bolivia destaca Liliana Colanzi con unos cuentos metafísicos llenos de duda y voces. Mientras, en Perú, se vislumbra una preocupación por el lenguaje y la memoria en escritoras como Claudia Ulloa, Katya Adaui y Yeniva Fernández.

México es uno de los territorios más prolíficos con autoras que no dejan de sumar adeptos y halagos como Aurora Penélope Córdoba, Cecilia Eudave o Guadalupe Nettel. Uruguay quizás cuente con una de las autoras menos anónimas, Vera Giaconi, cuyos cuentos sobre lo cotidiano nos llegaron a través de Anagrama hace dos años. Y Cuba no podía faltar, con Ena García y Rebeca Murga, ya reconocidas por la crítica gracias a la alta calidad estilística que esgrimen.

Samanta Schweblin, otra gran cuentista argentina, dice que «los buenos cuentistas son los magos más temerarios». Este aforismo tan acertado lo lleva a la práctica como nadie la porteña Mariana Enríquez en sus cuentos, donde refleja las obsesiones humanas con una crudeza que roza lo imprudente.

Mariana Enríquez y las perturbadoras exploraciones literarias

Para entender el tipo de enloquecimientos que explora Mariana Enríquez son muy ilustrativas las obras referenciales que ella misma mencionaba en una entrevista a El Cultural a principios del año pasado. Entre las obras que señala son pocas las que podríamos catalogar como terror en un sentido estricto o intencionado, sin embargo, no están exentas de elementos perturbadores y atosigantes. Hablamos de lecturas (además de Clive Barker o Robert Aickman, que sí están más adscritos al terror y sus subgéneros) como Jane Eyre, el clásico de Charlotte Brönte; Cumbres borrascosas, otro clásico de su hermana Emily; o Sobre héroes y tumbasde Ernesto Sábato.

Mariana EnríquezSin embargo, Mariana Enríquez es también una gran conocedora de la tradición literaria de su país y su continente. Este conocimiento, conjugado con los temas tan personales que explora, hace que no sea ninguna sorpresa que esté tan en sintonía con un nuevo formato en el que el realismo mágico parece haber evolucionado hacia un (neo)fantástico pleno y autoconsciente. En las ficciones de este siglo ya no se percibe con claridad preocupación alguna por introducir lo fantástico como algo cotidiano y presentar lo cotidiano como algo extraordinario, un juego bidireccional y cruzado sobre el que se sustentan obras como Cien años de soledad. Los nuevos autores hispanoamericanos parecen haberse desprendido de esta sutileza, introduciendo elementos fantásticos –en el caso de Mariana Enríquez son paranormales, sobre todo– sin complejos ni medianías. Así procede Mariana Enríquez en cuentos como “El desentierro de la angelita”. Esta narración, a pesar de estar filtrada por la mitología argentina, guarda muchos paralelismos con aquella carta de Plinio el joven en la que cuenta cómo un fantasma atormenta al filósofo Atenodoro señalando con el dedo.

En “Rambla triste”, sin embargo, el fantasma no surge a los pies de la cama de forma tan explícita y todo queda en duda. Pues, aunque la razón nos dice que es la casualidad la culpable de que la gente que llega a Barcelona nunca más pueda salir de allí, algo sobrenatural y oscuro parece estar truncando una y otra vez las intenciones de los que pretenden abandonar la ciudad.

La duda se hace más palpable que en cualquier otro relato en “La casa de Adela”. Aquí, Mariana Enríquez, presenta el tópico del edificio como lugar maldito atribuyéndole, además, características de objeto maléfico: «Recuerdo que lo escuché decir “máscara”, no “cáscara”. La casa es una máscara, escuché».

Las maldiciones y la superstición son también una constante en la narrativa breve de Mariana Enríquez. Un ejemplo de cómo introduce este elemento, con reminiscencias del horror que empapa el final de “La lotería” de Shirley Jackson, lo encontramos en “El carrito”. En este relato la visita de un villero(un indigente de las villas miseria argentinas) desencadenará la mala suerte para un barrio que lo recibe con desdén y violencia.

Algo muy ligado a la superstición en la obra de Mariana Enríquez es el elemento fantástico como equilibrio y acompañamiento de las atmósferas enrarecidas. Este elemento insólito inunda la cotidianidad de los personajes, dejando que el lector se pregunte a sí mismo si lo que acaba de ocurrir es una coincidencia o una perversa acción de una entidad cuya existencia ignoramos. De esta forma funciona “La virgen de la tosquera”, un relato protagonizado por adolescentes donde un deseo terrible implorado ante una estatua de estética pagana será cumplido. Este cuento, al igual que muchos de los anteriores –exceptuando “La casa de Adela”– pertenecen a la colección Los peligros de fumar en la cama, una antología que, aunque publicada con posterioridad a Las cosas que perdimos en el fuego, contiene algunos de sus primeros cuentos. En ellos ya se observan las líneas maestras del perturbador universo de Mariana Enríquez: mundos espesados con cuidado, elementos sobrenaturales, ambientes tensos, atmósferas asfixiantes. Violencia y personajes corrientes que se ven envueltos en pesadillas que muchas veces son liberadas por ellos mismos. El cóctel perfecto para engendrar miedo y llamar al horror.

El terror, a pesar de su subjetividad inmanente, cuanto más cerca y más real se manifiesta, más amenazante suele resultarnos. Si hablamos de la vertiente más realista de Mariana Enríquez no podemos obviar la intencionalidad política y social que recorre de forma subrepticia toda su obra. En ella encontramos con frecuencia barrios marginales donde se secuestra, se viola y se mata, con una violencia que lo invade todo, desde la escuela hasta la casa. Es un retrato de los inadaptados, los marginados y los olvidados, de los hijos y las hijas que nadie quiere porque nacen de la miseria. De la prostitución y las drogas. De la vida como cuento que nunca acaba bien.

Por |2018-09-21T09:50:48+00:0021 septiembre, 2018|Desde el otro lado del océano, Disección Literaria|Sin comentarios

Acerca del Autor:

Antonio Vileya
Antonio M. Vileya Pérez (Sevilla, 1992) es filólogo hispánico y presta servicios editoriales a entidades de diversa naturaleza. Su vocación divulgadora lo ha llevado a formar parte del comité organizador del Encuentro de Literatura Fantástica de Dos Hermanas y ser miembro activo de la asociación cultural Bibliofórum. Ha impartido cursos monográficos sobre fantasía, ciencia ficción, terror y novela negra en la Universidad de Sevilla.