Muere Ana María Matute y nuestras letras se visten de luto.

Podríamos hablar de los premios literarios que ganó merecidamente, hace apenas tres años le daban el premio Cervantes (sólo tres mujeres han ganado el premio Cervantes), y ya tenía el premio Nadal, el Planeta, el Café Gijón, el Príncipe de Asturias, el premio Nacional de las Letras… Era miembro de la Real Academia Española, donde ocupaba el asiento K y había trabajado en varias universidades en Estados Unidos como lectora.  Y esto solo por nombrar algunos de los méritos de esta mujer, para la que escribir era, además de una profesión, una tabla de salvamento, tal como reconocía en el discurso que pronunció al aceptar el Premio Cervantes: “La Literatura ha sido, y es, el faro salvador de muchas de mis tormentas”.

Somos muchos los que, como ella, comprendemos la lectura y la escritura (no hay literatura sin lectores) como un refugio. También seremos muchos los que confesemos ahora que debemos muchas lecturas de infancia a Ana María Matute, que además fue una de las primeras autoras españolas en convertir el género fantástico y los cuentos de hadas, con todo su folclore, su oscuridad, su crudeza y lirica, en algo digno de la atención de la crítica. Gran lectora de autores como George McDonald (sobre el que llegó a escribir un par de ensayos), Lewis Carroll o Carlos Collodi, supo adaptar nuestra historia y nuestra mitología a unos cuentos de hadas tristes y hermosos, de los que podían sacarse muchas conclusiones sin necesidad de echar mano de moralejas.

Quienes hayan leído Aranmanoth sabrán de sobra de lo que estamos hablando. Nos ha dejado una gran escritora. En estos casos suele decirse que nos quedan sus obras, pero desde un punto de vista un poco egoísta también tendremos la pena de no poder leer todo lo que aún tenía por contar. “Él que no inventa, no vive”. Nadie podrá negar que Matute vivió intensamente, y nos hizo vivir. Hay que agradecerle el esfuerzo que le dedicó a sus obras. Hay que leerla, es la única manera de evitar que muera por completo.