Los héroes y la literatura fantástica (III) – La muerte del héroe

¡Concluimos nuestra serie sobre los héroes fantásticos! Una reflexión final sobre este tópico y su lugar en la evolución de la literatura. tweet

Hace ya unos tres meses empecé una serie de artículos con los que pretendía evaluar la figura del héroe, el tópico más manido de la literatura fantástica. Os propuse reflexionar sobre por qué este es un arquetipo tan problemático, cuáles son esos errores que la mayoría de novelas vienen repitiendo desde que el género de la fantasía entró en su actual racha de popularidad, y qué es lo que hace tan difícil escribir un héroe que resulte un personaje memorable y entrañable para los lectores. Y hoy he venido a dar por terminado este debate y ofreceros mis conclusiones finales.

Repasemos todo lo que hemos dicho hasta el momento. En el primer artículo os hablaba de cómo muchos escritores están tan obsesionados con mostrarnos lo especiales que son sus héroes, sus grandes poderes, sus asombrosas habilidades, que se olvidan de contarnos qué es lo que les define como personas, cuáles son las peculiaridades que les hacen únicos, su pasado, los traumas y arrepentimientos que les persiguen, o las cosas que les hacen felices. A continuación, en mi segundo artículo, os proponía ideas para desarrollar a vuestros héroes a lo largo de la historia de tal forma que se vean obligados a replantearse sus objetivos, sus principios y su forma de entender el mundo, para ayudar a enriquecer al personaje, a hacerlo más complejo.

Hoy os voy a contar por qué los héroes deberían dejar de existir.

¿Deben los héroes representar un ideal?

No, no me he vuelto loco ni pretendo contradecir todo lo que he defendido hasta el momento. Sigo defendiendo que los héroes son un arquetipo literario perfectamente utilizable: pero antes hay que renovarlos y, para conseguirlo, debemos ir más allá de las concepciones tradicionales de esta figura. Es decir, la concepción clásica del héroe debe dejar de existir. O, al menos, debemos aprender a enfocarla de otra forma.

Según la concepción clásica, el héroe representa un ideal. El Odiseo de la épica griega, el Cúchulainn de las tradiciones irlandesas… coged a cualquier ejemplo de héroe del mundo antiguo y os encontraréis con una figura dotada de dones semidivinos: proezas físicas inhumanas, inteligencia y astucia sin par, honor y orgullo, esas son las características que definían a los héroes de nuestros ancestros. Representaban algo que nunca podríamos alcanzar, a lo que solo podíamos aspirar. Un ideal en su forma más pura, porque solo podía existir en nuestra imaginación.

Aún hoy en día siguen existiendo personajes que responden a ese modelo de héroe, aunque se les intenta revestir de humanidad para hacerlos más creíbles. Pensad en Batman; sí, se supone que la gracia de este personaje es que es solo un humano normal… ¿lo es de verdad? No solo es inteligente sin comparación, tan capaz de resolver un crimen imposible como de diseñar su propia aeronave futurista, sino que además es físicamente tan atlético como un campeón olímpico, domina todas las artes marciales conocidas y es perfectamente capaz de confrontar y derrotar a otros personajes como Superman que poseen habilidades sobrehumanas y, en teoría, deberían ser mucho más poderosos que él.

Seamos sinceros: en el fondo, todos sabemos que Batman no es un personaje realista. No puede existir ninguna persona como Bruce Wayne, con su ridículo arsenal de habilidades y, aparentemente, tiempo ilimitado para estudiar y dominar todas las ramas del saber humano. Los cómics de Batman nos gustan porque tocan esa misma fibra que las historias de la Odisea: representan un ideal, algo que nos gustaría ser, aunque sepamos que no es real.

Pero, ¿es un ideal lo que realmente necesitamos?

La figura del héroe clásico: por qué debe desaparecer

Según el concepto clásico, un héroe es una persona tan poderosa que sus acciones definen el curso de la historia y el destino de los pueblos. En la Ilíada de Homero, la victoria o derrota en la batalla depende de las hazañas de los héroes que intervienen en ella: Paris, Odiseo, Héctor, Aquiles… al final, la Ilíada es una historia de héroes que marcan con sus actos el rumbo de la guerra. Igualmente, en los cómics modernos, los superhéroes como Batman o Superman luchan para proteger ciudades enteras o incluso la misma Tierra. Son los actos de estos personajes los que decidirán si el planeta se salva o es destruido.

El problema de estas historias es que asumen que una sola persona puede ser tan importante como para que el destino del mundo dependa de ella, de tal forma que todo el resto de la humanidad es relegado a la irrelevancia. Cuando escribimos una novela, la forma en que contamos la historia es tan importante como la historia en sí: si nuestra narración asume que las acciones del héroe son las únicas que importan, ¿qué clase de mentalidad estamos transmitiendo?

Observemos nuestra propia historia. En el año 1812 Napoleón Bonaparte trató de conquistar la nación de Rusia, el Imperio de los Zares. Y estuvo cerca de conseguirlo: las tropas francesas derrotaron a los rusos en la Batalla de Borodinó y, en septiembre, Napoleón en persona marchó por las calles de Moscú. La victoria no le duró ni un mes: en octubre de ese mismo año los franceses se batieron en retirada, dejando casi medio millón de muertos en tierras rusas. Aquella derrota, la más humillante de su carrera, marcaría la caída en desgracia de Napoleón.

Unos cincuenta años después, Leon Tolstoi publicó su archiconocida novela Guerra y Paz, en la que regresaba a principios de siglo para contar la historia de la guerra entre los dos Emperadores, Napoleón y el Zar Alejandro I. En este libro, el autor ruso pretendía ofrecer su versión de los acontecimientos y por qué los franceses habían perdido la guerra a pesar de que lograron llegar hasta la capital enemiga. Algo que nos viene de perlas para el tema que tratamos: porque lo que Tolstoi pretendía demostrar con Guerra y Paz, precisamente, es que los héroes no existen.

Para ser más precisos, Tolstoi criticaba en su obra a los académicos y estudiosos que pretendían explicar la historia fijándose únicamente en las acciones de los reyes y los generales. Para el autor ruso, era un error pensar que Napoleón era el único responsable de sus victorias o sus derrotas; por muy genial que fuera el general francés, había demasiados factores que no podía controlar. Del mismo modo, la eventual victoria rusa no podía achacarse únicamente a una mayor genialidad de Kutuzov, el general ruso.

Tolstoi nunca creyó que una sola persona, por brillante que fuera, pudiera cambiar por sí misma el curso de la historia. Para él, los acontecimientos históricos como la derrota de Napoleón solo podían explicarse por el flujo de acciones conjuntas de los miles, millones de personas que componen la sociedad humana. En Guerra y Paz, Tolstoi nos cuenta cómo los mujik, los campesinos rusos, se negaron a aceptar la derrota de su ejército: en lugar de someterse dócilmente al invasor, los mujiks quemaron sus propios campos para que los franceses no tuvieran provisiones, abandonaron sus casas y acosaron a los soldados de Napoleón en rápidas incursiones guerrilleras. Para colmo, cuando Napoleón se quiso asentar en Moscú fue incapaz de controlar la ciudad: los moscovitas abandonaron sus hogares en masa y se llevaron todo lo que pudieron. Los cientos de miles de soldados del ejército francés se desbocaron saquearon todo cuanto quedó. Al llegar el invierno, el masivo ejército napoleónico pasó a ser medio millón de bocas hambrientas a las que su general no podía alimentar. Con su emperador a la fuga y su ejército hecho pedazos, los rusos ganaron la guerra simple y llanamente porque Napoleón no pudo controlar ni siquiera a sus propios hombres.

Así pues, según Tolstoi, la idea de que una sola persona pueda cambiar la historia es estúpida y obsoleta, porque nadie es capaz de controlar las acciones imprevisibles de toda una sociedad humana. Esos héroes de la historia, como Napoleón, en realidad son tan esclavos del tiempo como cualquier otro ser humano; parece redundante, pero, al final, el destino del pueblo depende del pueblo en sí mismo.

Tolstoi era un escritor que no creía en los héroes. Pierre Bezújov, el protagonista de Guerra y Paz, intenta en cierto momento del libro asesinar a Napoleón porque está convencido de que él, y nadie más, estaba llamado a acabar con el general francés y traer la paz al mundo. Pierre, sin embargo, es capturado por el enemigo y fracasa en su cometido; pero eso no impide que Napoleón pierda la guerra. Al final, Pierre Bezújov entiende que sus acciones no tienen el poder de cambiar la historia porque Napoleón iba a perder la guerra de todas formas debido al cúmulo de circunstancias en su contra y las acciones del pueblo ruso. Es decir, Tolstoi nos dice que nunca podría existir ninguna persona lo bastante poderosa como para definir por sí misma el rumbo de la historia; el héroe clásico queda, por tanto, obsoleto.

Es cierto que, a menudo, la gente tiende a dejarse llevar por el romanticismo de los héroes, especialmente cuando este romanticismo toma forma en líderes fuertes y carismáticos como fue el propio Napoleón Bonaparte; pero no debemos olvidar que, por mucho que se admire a Napoleón como genio militar, no deja de ser un hombre que obtuvo su poder por la fuerza de las armas y por esa misma fuerza le fue arrebatado. A lo largo de la historia, el ideal romántico de los héroes ha sido utilizado por toda clase de caudillos y dictadores que pretendían presentarse como los salvadores del pueblo, pero que al final no dejaban de ser opresores violentos y egoístas. Ese romanticismo no tiene cabida en un mundo donde todas las personas tengan derecho a ser igual de dignas y válidas. Hace ya doscientos años, Tolstoi comprendió que la sociedad debía abandonar el ideal clásico de los héroes para poder progresar: así pues, utilizó sus novelas para proponer una nueva forma de entender el mundo, un mundo en el que los héroes mitológicos ya no resultan necesarios porque la humanidad se ha emancipado de ellos.

La literatura es cultura y la cultura es intrínseca a la sociedad. Sociedad y cultura existen en simbiosis: cuando una sociedad avanza, evoluciona, esto también se expresa en cuestión de la cultura. Pero la cultura también puede utilizarse para cambiar la sociedad, como intentó hacer Tolstoi. A medida que nos damos cuenta de que el héroe ideal no existe, nos cuesta más empatizar con los arquetipos clásicos porque hemos comprendido que no representan la realidad en que vivimos ni la clase de sociedad a la que queremos aspirar. Empezamos a querer vernos representados en personas que se parezca a nosotros. El hecho de que personajes como Frodo en El señor de los anillos o Tyrion en Canción de hielo y fuego sean dos de los protagonistas más reconocibles de la literatura reciente dice mucho de cómo ha cambiado la imagen del héroe en la cultura contemporánea, y cómo ahora buscamos personajes que se parezcan más a lo que somos en realidad que a lo que nos gustaría ser en nuestra imaginación.

 

Cuando empecé esta serie de artículos propuse el cómic Fullmetal Alchemist de Hiromu Arakawa porque su protagonista, Edward Elric, me parecía el ejemplo perfecto de cómo escribir un personaje heroico que sea a la vez humano. No es solamente que Edward sea un personaje con muchísima personalidad, tan valiente y astuto como bromista y a veces incluso malicioso, sino que la autora también se preocupa de cultivar relaciones significativas entre su héroe y el resto de personajes, de tal forma que Edward puede seguir adelante en sus aventuras gracias al amplio grupo de aliados que le apoyan. Edward es consciente en todo momento de que él no es tan especial, de que no sería capaz de conseguir nada si no fuera por la ayuda de toda la gente que, cada cual por sus propios motivos, se ha unido a él en su lucha. Es esta humildad, esta comprensión de sus límites como ser humano, lo que en última instancia permite que Edward no pierda de vista quién es y no acabe convertido en una caricatura distorsionada de la figura heroica que debería representar, como les ocurre a tantos otros personajes en la literatura fantástica.

Quizá el héroe clásico tuvo su razón de ser, pero la literatura, como todas las formas de arte, progresa y evoluciona, dejando atrás todo aquello que ya no sirve. En los tiempos que corren, necesitamos personajes que, sin dejar de ser heroicos, sean también humanos, limitados e imperfectos. Porque, al final, los lectores siempre van a empatizar más con un personaje al que sean capaces de entender. Por eso no debemos olvidar que todos los héroes son también personas.

Y con esto doy por terminada esta serie. Espero que os haya gustado, y no olvidéis darle una oportunidad al increíble cómic de Hiromu Arakawa. Os puedo asegurar que no os dejará indiferentes. ¡Un saludo, y hasta la próxima!

 

Acerca del Autor:

Pablo José Terol Orozco
Pablo José Terol Orozco nació en Cádiz en 1993 y ha vivido entre libros desde que tiene memoria. Se graduó en Derecho por la Universidad Pablo de Olavide, especializándose en la rama del Derecho Constitucional. Aunque su carrera profesional le haya llevado en una dirección distinta, nunca ha abandonado su amor por la literatura en todas sus formas y géneros. Ha publicado varias historias en colaboración con diversos editoriales, blogs y otras entidades, y obtuvo el 2º puesto en el certamen literario Premius Interius, convocado por Triskel Ediciones.